soportarlo. Debiera dormir porque pasé ya algunas noches en el teléfono sin
dormir (culpables sin nombre).
Me doy cuenta de que, si bien debiera aprender a estar sola, no obligaré a mi vida a seguir uno u otro camino. Si las cosas pasan, que pasen. Por algo ha de ser.
Y sí, por qué no decirlo. Sí e encantaría que me quieran como a Lucy. Que valga la pena para ese otro ser enamorarme cada día y ser parte de cada primera vez.
Me gusta vivir ese enamoramiento clásico, que comienza saliendo en grupo, luego de a dos luego te das cuenta de que no hay nadie más con quien quieras salir que con ese otro ser y de pronto sin quererlo comienzas a mirar sin querer mirar. Mirar sin querer que el otro mire que miras.
Hablar de todo y de nada. Conocer poco a poco cada detalle de esa extraña criatura que te corteja o que se deja cortejar.
Que fuerza demoníaca o divina es esa que nos hace dar todo en una mirada o sentir que la piel del otro quema con un simple beso en la mejilla.
Hasta que llega ese primer beso que tantas veces se repitió en tu cerebro cual película con los mismos actores y en cien diferentes escenarios y con un millón de diálogos pensados por la mente más romántica del planeta o silencios tan ruidosos que nublan todos los sentidos. En fin. Eso.
Llegar a sacrificar días enteros de sol y diversión junto al teléfono o frente a un monitor sólo por establecer contacto alguno con esa criatura que saca siempre lo mejor de nosotros y que está lejos.
En conclusión, he descubierto que quizá busco esto porque es tan lindo querer y que te quieran, pero que también le huyo porque si llegara a tenerlo podría arruinarlo o perderlo o me lo podrían quitar y entonces me quedaría sin mí. Es por todo esto que decido dedicarme a mirar como pasan las cosas a mi alrededor y ser como la bela durmiente que –ignorante del mundo- espera sin esperar y sin saber que espera a su príncipe azul o a su ogro estilo shrek que sea como se la quiere como quieren a Lucy.

